Esa noche, hace 8 años, se la pasó viendo cómo el reloj acumulaba las horas sin tener noticias de su hijo, quien había salido a la casa de su enamorada.
Quizás por esas pretensiones de autosuficiencia juvenil irrecusable, el chico no llegó sino hasta la mañana siguiente, cuando ella, con las arterias tensadas al máximo, se desmayó producto de una embolia cerebral.
El resultado: medio cuerpo paralizado, una mueca permanente en el rostro, pérdida del habla y el ojo izquierdo mirando en una sola dirección, congelado, incapacitado siquiera para llorar tanta tragedia.
En medio de un clamor que, a falta de luz, duplica sus emociones, Marilú pide a sus chicos no videntes -de la Fundación Ecuatoriana de Ciegos-, que hagan silencio, que los recuerdos pueden espantarse.
...Y sigue: "Entonces, con la ayuda de amigos, comencé una terapia de rehabilitación, durante algunos meses en los que fui comprendiendo cuál es la verdadera dimensión de la discapacidad; a ésta, me dije, no hay que tratarla con lástima, sino con ánimo y empuje. El discapacitado que cree que no sirve para nada se vuelve traficante de su propio cuerpo y se para en una esquina a esperar que se lo den todo".
Sus palabras son tenues, pero reafirman un compromiso ineludible que, asegura, adquirió a poco de enfermarse. "Viéndome así, luego de haber sido normal, hice un convenio con Dios y le dije: si tú me devuelves mi normalidad, yo te ofrezco a cambio entregar el resto de mi vida a ayudar a los discapacitados".
"Yo hice un convenio con Dios y le dije: si tú me sanas, yo dedico el resto de mi vida a los discapacitados"
El convenio, de parte y parte, comenzó a cumplirse hace 7 años, cuando su amiga Jenny Quiroz, profesora de la Escuela Municipal de Ciegos, le hizo una invitación que sería fundamental en su vida. La llevó a la escuela para que palpara esa realidad de sombras luminosas a la que, sin embargo, le faltaba algo más, algo que solo ella podía darle.
Los chicos -sus chicos- en torno de una mesa, celebran entre risas desordenadas el hecho de encontrarse, una vez más, juntos y junto a su maestra, que los ha dejado solo por unos momentos. Lo aceptan y, de cuando en cuando, hasta se permiten opinar y aclararle desde lejos los recuerdos: "¡No, Marilú, eso fue en el 2005, no en el 2006, ya de lo viejita que estás ni te acuerdas!".
"Durante seis meses fui a la escuela a ver qué podía hacer con los chicos, algunos de los cuales eran ciegos puros, que nunca habían visto, y otros ciegos parciales o que habían perdido la visión paulatinamente. Fue un aprendizaje intenso, lleno de grandes desafíos".
Hasta entonces, dice, a nadie en la escuela se le había ocurrido pensar que los ciegos podían pintar, solo a una optimista exagerada como ella. Así, poco a poco, y gracias a sus conocimientos como química farmacéutica, consiguió lo impensable: logró que sus alumnos identificaran los colores por medio de los olores; así por ejemplo, el verde huele a limón, el rojo a fresa y el café a canela. Reconocidos los colores, era posible pintar un árbol. Y más.
Fueron muchos meses de práctica y paciencia, de amor y sensibilidad, de trazos a mano alzada y a corazón abierto. Al fin, en el 2005, sus artistas aceptaron el reto de participar en la Primera Bienal de Arte No Visual, organizada por el Municipio, en donde se ganaron el segundo lugar y 3.000 dólares.
Parte del convenio con Dios se había cumplido, pero todavía faltaba -y falta- más, porque lo suyo "es por el resto de mi vida".
Insatisfecha con los logros alcanzados, se propuso lograr que sus chicos produjeran implementos de limpieza para el hogar. "Mucha gente me dijo que se podían envenenar, que se iban a intoxicar, y ahí los ve, completitos, trabajando como cualquier persona, hacen jabones, champú, desinfectantes. No solo los producen, también los venden, como Jahana Ruiz, quien vende sus productos a bananeros de Naranjito".
Marilú, desde adentro, los mira en silencio y los ojos recorren su obra bulliciosa, inquieta, edificante. Alguien entona una canción y le da pábulo para precisar que, en medio de tanta producción, también hay espacio para la alegría y el baile. Por ello, y también prevenida por algunos "bienpensantes asesores" de que era una locura, los puso a bailar música folclórica. Debutaron en 2005 en la Feria Mundial del Banano. Como era de esperarse, el tiempo consagrado al dolor ajeno tuvo efectos familiares. Una de sus hijas no toleraba que estuviera tanto tiempo fuera de casa y, cada vez que llamaba algún alumno, "le decía que era un ladrón, que le había robado a su madre... Sin embargo, con el tiempo, los llegó a querer tanto que, cuando cumplió 15 años, pidió que en su fiesta rosada las damas y caballeros de su corte fueran ciegos. Así fue".
Hoy, su familia ha comprendido que lo suyo obedece a un designio superior sin treguas. Con su cuerpo menudo, los lunes y martes va a la Escuela Municipal de Ciegos; los miércoles a Santa Lucía a trabajar con niños sordos; jueves y viernes da clases en la Escuela de Audición y Lenguaje y, sábados y domingos, se va a Taura a trabajar con la Asociación Nuestra Señora de la Merced, en donde atiende a niños, jóvenes y adultos con alguna discapacidad... Sí, como para que Dios no diga que ha faltado a su palabra...