Son más de medio millón. Para ellos las oportunidades son más escasas. Porque no miran, no caminan, no oyen. Porque viven con alguna discapacidad.
27/01/2012 -
Amalia Morales/LA PRENSA /NICARAGUA
Los dedos de Marvin Martínez se hunden sobre una espalda enorme que no puede ver y que tiene tendida boca abajo en una de las tres camillas de la clínica de masajes terapéuticos fundada por ciegos.
Mientras un abanico muele el aire encerrado en esta sala a las 11:00 de la mañana, sus yemas trazan un mapa táctil de esa parte trasera del cuerpo. Recorren la carne de los omóplatos, costillas y las vértebras de la espina dorsal. Al cabo de unos minutos, el diagnóstico del ciego es inapelable: la espalda es una mina de nudos musculares, una pared de acero que en 50 minutos sus dedos intentarán aflojar.
Martínez, de 48 años, que lleva la mitad de su vida en penumbras, quiere conquistar a este cliente. Conseguir clientela es el mayor anhelo de los cuatro ciegos que crearon esta clínica hace menos de cuatro meses, con la ilusión de torear el desempleo.
ESTADO AL MÍNIMO
En este país no es fácil hallar trabajo (aunque oficialmente solo el 7.8 por ciento de la gente está sin trabajo). Menos aún si se vive con alguna limitación. Un estudio que realizó la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos sobre la situación laboral de los discapacitados nicaragüenses en las instituciones estatales encontró que de 35,620 trabajadores, solo 322 son personas con alguna discapacidad, es decir el 0.9 por ciento.
El empacador de productos veterinarios
Es la primera vez que Santiago Jarquín, de 27 años, tiene un trabajo formal. Desde hace dos meses es empacador de productos veterinarios en una empresa que vende esos productos y está situada en el kilómetro 12 de la Carretera Vieja a León. Hasta allá viaja todos los días Jarquín, quien a las cinco de la mañana sale del barrio Waspam Norte, en la capital. En el área de producción donde él está, hay otras diez personas.
Jarquín es el único discapacitado, pero trabaja igual que los demás. “Es una fiera empacando”, dice María René González, propietaria de la empresa, quien junto a su marido Ricardo, tuvo la idea de contratar a una persona con limitación física. Cuando Jarquín llegó le enseñaron el edificio.
En la mayoría de los casos, los edificios públicos y privados no contemplan a las personas con discapacidad. Le explicaron que había unas escaleras. Lo guiaron por la bodega. Y Jarquín aprendió a meterse en el uniforme y sentarse en la mesona y a moverse por la bodega donde a veces tiene que estar de pie varias horas. A veces los colegas le dan bromas. “A veces me ponen la literatura volteada”, dice entre risas. En la empresa le pagan 3,500 córdobas, lo mismo que a los demás empleados y tiene las mismas prestaciones sociales que los otros.
El logro de estos beneficios para los discapacitados es el propósito del proyecto Aulas de Gestión Ocupacional en América Latina, (Agora), que se impulsa con el Inatec.
El mismo informe cita otro dato que grafica la situación de este sector que abarca a más de medio millón (10.3 por ciento) de personas en el país: de 5,000 solicitudes de trabajo recibidas en el Ministerio del Trabajo durante el 2009, 28 fueron de discapacitados. Y de los 3,993 colocados, ninguno fue discapacitado. El informe mundial sobre la discapacidad dice que en el mundo hay más de mil millones de personas con alguna discapacidad y que representan entre un 15 y 19 por ciento. Los discapacitados son los más pobres entre todos. La tasa de inactividad es 2.5 veces mayor que la del resto y son los que tienen menos educación, menos posibilidades de trabajo y los que padecen más discriminación, explica este primer informe mundial que lanzó la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que advierte que, por el envejecimiento de la población, hay mayor tendencia a la discapacidad.
MALTRATO EN EL PARQUEO
Tras varios años sin trabajo, Marco Antonio Gutiérrez, de 46 años, consiguió entrar a la Cooperativa de Vigilantes Discapacitados que cuidan en los mercados Huembes e Iván Montenegro. A la quincena, Gutiérrez que sufre de polio, camina con bastones y vive en Acahualinca, cobra “una ayuda” de mil córdobas. “Aquí aguantamos bastante grosería. Hay gente que nos grita muertos de hambre y de todo”, dice Gutiérrez quien desde una silla de ruedas sube y baja el cordón para dejar entrar los carros en el sector de las verduras del Huembes. Al pasar entregan una boleta que vale diez córdobas y que incluye el cuido del carro dentro del mercado. De allí sale el pago de los 36 hombres —en los dos mercados— que sobreviven con cierta limitación. A algunos les falta un brazo, un ojo, una pierna, los dos brazos, las dos piernas...
El autoempleo es la forma de trabajo más frecuente entre los discapacitados. En las instalaciones de la Organización de Ciegos Maricela Toledo, donde también funciona Feconori, siempre hay ciegos buscando trabajo o haciendo algún curso (piñatas, bisuterías) para trabajar por su cuenta.
En Los Pipitos también existe preocupación por el empleo de los discapacitados jóvenes. Hace un año allí crearon la unidad de terapia ocupacional que actualmente atiende a 178 muchachos. Los capacitan en oficios varios, pero también les enseñan cosas básicas como aseo personal, arreglar camas, limpieza de habitaciones, encender una cocina o planchar.
La sicóloga Rosa Pérez, encargada del programa, dice que en el último año colocaron a 20 muchachos con alguna limitación en distintas empresas del país. Pérez dice que de 12 empresas, ocho respondieron que sí, entre ellas Cemex, la Cervecería, el grupo Pellas y la Pizza Hut.
Las organizaciones de discapacitados esperan que la situación laboral para este sector mejore con la aplicación de la Ley 763 que se aprobó a finales del año pasado, y que manda a las empresas con más de 50 trabajadores a incluir en sus nóminas a un dos por ciento de personas con discapacidad, pero también contempla mejorar la situación educacional y la asistencia médica para este sector de la población.
Por ahora, Gutiérrez vive sin seguridad social. Si le duele el fémur, que se quebró hace un par de años, le toca esperar cita en algún hospital o pedir analgésicos en un centro de salud.